Salvajes de Leyenda

Corría el año 2024 cuando, junto a mi amigo y guía de montaña local Pablo Alonso, nos lanzamos a intentar abrir una línea que llevaba demasiado tiempo rondando nuestras cabezas. Tengo claro que cualquier escalador que haya repetido la vía “El Pilar de la Hermida” en la Peña Llaneces y al que le guste aventurarse a abrir nuevos caminos se habría fijado en esta misma línea. Con variantes de entrada y salida, centraba la atención en un evidente, llamativo y atractivo diedro situado a la derecha de la gran clásica citada.

Personalmente me parecía incomprensible que, entre otras muchas cordadas, los famosos “Cholos” —cordada compuesta principalmente por Javier Sáenz y Ángel Bengoechea— no se hubieran aventurado a abrir esta evidente línea. Tenemos que tener en cuenta que estamos en la Hermida, uno de los principales campos de juego de esta mítica y fuerte cordada, probablemente una de las mejores cordadas aperturistas de la historia de este país. Hablar de mejor es muy subjetivo, pero si ponemos encima de la mesa un cuando y un como, que medios tenían y cual era su humbral de dificultad deportivo y a cual se enfrentaban afrontando compromiso y exposición, quizás podamos sacar un buen resultado.

Nuestro primer paso sería indagar un poco sobre el tema. Intentarlo es gratis y hacerlo es lo correcto. Me refiero a que, antes de abrir nada, tengamos claro que no hay nada abierto donde podamos pisar una antigua línea.

Decidimos llamar a Javier Sáenz y preguntarle acerca de esta línea. Javi es un tipo accesible que no tiene problemas en contarte o sincerarse sobre estos temas, entre otros. Para nosotros es algo así como un “dios” en todo esto y su palabra iría a misa. Él mismo nos cuenta que tienen una vía sin acabar justo a la derecha de ese diedro: una vía que discurre por placas compactas con tramos muy buenos, pero otros no tanto, que lleva abandonada ya muchos años sin saber si van a volver. Sin embargo, no tiene constancia de ninguna vía abierta por ese diedro, salvo algunos rumores de que en los años 70 una cordada de Burgos intentó abrir algo allí, pero sin dejar constancia de ello, o simplemente sin saber si finalmente llegaron a entrar o no.

Muy contentos, pero aún con muchas dudas en la cabeza, comienzo a tirar de contactos, conocidos y amigos cercanos a la escalada en Burgos para intentar averiguar algo. Tras dos meses de llamadas nadie parece saber nada. Ni escaladores locales de la época ni escaladores de otras regiones que en esos años pululaban por estos lares. No sé si es peor que nadie sepa nada o saber algo aunque no nos guste el final.

Este es, para mí, el gran problema de abrir lejos de tus “dominios”. En tu casa sabes casi al 100 % lo que hay y lo que no. Fuera, todo son suposiciones, dudas e incluso, a veces, información oculta. Ante la duda prefiero recular, ya que entre todos mis grandes errores aún no está —y espero que nunca esté— el pisar una vía, retroequipar o abrir algo que ya estaba abierto y ocultar su historia o incluso cambiarle el nombre. Da igual que sean vías largas o deportivas; es algo que no debería suceder.

Tras días de dudas y reflexión decidimos ir y ver in situ si la vía estaba abierta o no. Ya que los primeros 100 metros de escalada se presentan fáciles y realmente se podría subir por cualquier lado, decidimos escalar sin usar el taladro hasta llegar al diedro y comprobar si encontrábamos rastro de alguna vía. Incluso decidimos empezar a escalar el diedro sin taladro hasta tenerlo totalmente claro. Por otro lado, también decidimos que yo iría en cabeza mientras Pablo, sobre la marcha, decidiría si encarar o no alguno de los largos de primero.

Empezamos así el primer día de apertura. Un día despejado y con temperatura perfecta. Lo habitual en estas faenas —y más con la distancia que tengo desde casa y las obras que en aquel entonces se desarrollaban en el desfiladero— es que duermes poco. No solo por las horas de sueño, sino por los nervios y la inquietud de lo que vas a afrontar. A veces no sé si son nervios por el miedo o el peligro que creo que voy a pasar, o simplemente por la incertidumbre de lo que vamos a encontrar.

Los dos primeros largos no presentaron muchas dificultades. Roca soberbia y muchas posibilidades de autoprotección. En el primer largo encontramos un viejo cordino en un arbolito, pero a saber qué era o a dónde iba. A lo largo de esos dos largos no encontramos nada más, aunque es cierto que con material flotante y clavos se pueden escalar sin problemas. Hay que tener en cuenta que durante los años 70, 80 e incluso 90 era habitual dosificar los clavos e ir recuperándolos mientras se escalaba, dejando la pared totalmente limpia.

Llegamos a la base del diedro y aquí sabemos que está no solo la llave de la vía, sino también la respuesta a todas nuestras dudas. El diedro se ve precioso, pero también vertical. No es el típico diedro de quinto grado que subes cómodamente. Manteniendo nuestra idea inicial, el taladro se queda al margen. Empiezo a escalar.

La roca es brutal, aunque un poco blanda. En los primeros metros puedo meter poca cosa, pero voy cómodo, eso sí, cogiendo los agarres con mimo. El largo sale en travesía hacia la derecha, donde debajo del diedro hay una especie de hombro o gran terraza que parece susurrarte que, si algo falla y te caes, acabarás allí.

Sigo escalando y ganando metros, a la vez que veo que no puedo meter nada realmente fiable. Tras 30 metros escalados la cosa se va poniendo cada vez más vertical. Cada paso que doy lo acompaño con una mirada hacia abajo y, no sé por qué, pero la terraza cada vez parece más grande.

De momento no veo rastro alguno de vía, aunque sí, a la derecha, alguna chapa de la vía que Javi nos contó que tenía allí empezada.

Tras un par de pasos tontos llega un momento clave y crucial: el momento de seguir fiel a unos principios y jugarse el tipo. Sería entrar en terreno ya difícil donde, por narices, en aquella época tendrían que haber burilado. Entrar sin taladro y sin saber si dar un paso sería un punto sin retorno, sin poder ni siquiera usar el taladro o recuperar el cordelette, es curioso a la par que inquietante.

¿Qué hice? Pues lo que no debería haber hecho.

A veces me pregunto si vamos demasiado lejos con nuestros principios, unos principios a veces condicionados por la opinión popular o el qué dirán, pero que en casos como este —y ojo, por elección— podrían conducirnos, o en este caso conducirme, a la cama de un hospital, en el mejor de los casos.

Tras casi 40 metros escalados y teniendo más que claro que por allí no había pasado nadie, miro hacia abajo y veo poca cosa colgando unida a la cuerda. Lo poco que veo no es nada fiable y está lejos, tan lejos que si me caigo voy directo a la terraza.

Para sumar más tensión al asunto, estoy en una zona donde la roca no es buena y se rompe. Tengo que dar un paso que no sé si es de fe o simplemente duro. Tengo claro que ni puedo destrepar ni puedo fallar.

Doy vueltas como un perro acomodándose para dormir. Me repito a mí mismo lo imbécil que soy. Los fantasmas del día de mi accidente en Peña Vieja se pasean por mi cabeza pensando en ese canto que vuelve a romperse y me cambia la vida. Me aterra pensar en pasar otra vez por lo que pasé entonces.

Tras unos minutos asimilando que no me queda otra que dar el paso, le digo a Pablo el típico “al loro”, que me puedo caer. El no tiene ni idea de las consecuencias que podría tener la caída, ya que estamos en dos planos diferentes.

Doy el paso. Entro a un muro duro, muy vertical y de canto pequeño. No sé cómo doy dos o tres pasos más, de al menos 6c, y encuentro una gota de agua bestial para colgarme de un gancho y, ahora sí, taladrar. Como es habitual cuando algo así ocurre, pongo dos cintas contrapeadas en la chapa. El miedo a seguir y pensar que, si me caigo, esa cinta se deschape o le ocurra algo es real. Las probabilidades, si está bien chapada, son escasas, pero mi cerebro en esos momentos no entiende ni de ciencia ni de estadísticas; eso está bien para los laboratorios, el salón de casa o el bar.

Acabo el largo sin más problemas que lo vivido —que no fueron pocos— y, nada más montar la reunión, le pido a mi compañero que me descuelgue.

En ese momento tengo dos opciones: dejar la vía tal y como la abrí o intentar arreglar semejante suicidio. Me pregunto si hago bien o mal o si tengo derecho o no. Reconozco que si hubiera tenido muy claro que la vía estaba sin abrir y que tendríamos carta blanca para hacer lo que nos pidiera el cuerpo, habría metido al menos una o dos chapas en la sección clave. No lo hice por los principios citados anteriormente, algo que reitero me hace cuestionarme muchas cosas.

Sin embargo, no me quedo a gusto y creo que no sería justo con los futuros repetidores. No soy un escalador profesional que viva de estas cosas ni alguien que necesite demostrar lo valiente o cobarde que es. Nadie me da nada ni lo pretendo. Lo único que puedes recibir son críticas, más que halagos, y siempre llegan. Los halagos me gusta que sean hacia la línea o hacia la roca, no hacia mis capacidades. Mis capacidades un día se irán, o mejor dicho se están yendo. La vía y la roca quedará allí para siempre. Como dice un amigo: "somos muertos de vacaciones".

Pablo me descuelga y añado tres chapas en la parte clave. Me quedo más que a gusto. Esas chapas te aseguran y te “dicen” que ahora te puedes caer, pero igualmente la escalada es obligada y no subirás a base de acerar. La vía, de momento, es un rutón. Quien quiera vivir lo que yo he vivido puede no usarlas. Aunque, bueno, vivir lo que se vive en una apertura es imposible. Es algo único, más aún teniendo en cuenta que luego dedicamos un día a limpiar y colocar algún clavo previo “a cañón”. Es ahí cuando no comprendo el ego humano, que vende de forma mas honorable y reseñable una repetición por encima de la propia apertura. Que confundidos estamos.

Tras bajar revoluciones en la reunión mientras aseguro a Pablo, mi amigo disfruta el largo. De momento hemos abierto tres soberbios largos. Este no es el mejor por ser el más difícil, pero combinar un diedro de libro —eso sí, ciego— con un muro de goteros de agua es una pasada, es algo bestial.

Toca el siguiente largo y se ve brutal. Tengo claro que ya somos libres de hacer lo que queramos, mejor o peor, pero lo que nos pida el cuerpo sin sentirnos mal por pisar o destrozar una vía e historia ajena a la nuestra. También tengo claro que ahora la roca es tan buena que, si me caigo, será porque falle yo, no ella. De nuevo me he vuelto a equivocar.

Comienzo el largo y nada más empezar hago un paso duro y expuesto, puesto que, salvo un friend —que es más un consuelo psicológico que un seguro—, si me caigo voy directo sobre la reunión. Tras dar el paso decido, ya con el paso hecho, meter una chapa, pese a que lo que venía no era muy difícil. La chapa queda para que la chapes antes del paso; a mí esas cosas me dan igual. Reconozco que fibrilé, y es algo que me aterra y me gusta a partes iguales. Realmente esto es lo que me pone. No sabría definir el concepto de "poner", simplemente me gusta aunque reconozco que paso miedo. Pasar miedo y aún así seguir es el verdadero mérito que me otorgo a mi mismo. Ir cómodo o sin miedo dejando largos distanciados no es lo mismo que al revés. Que confundidos estamos con el mérito y valor de las cosas. Cuanta gente "amateur" se expone mas en función a sus capacidades que muchos "profesionales" de éstas faenas, aunque el resultado y valor sea injustamente diferente.

Sigo escalando y podría decir que de nuevo he tenido la suerte de abrir uno de los mejores largos que he abierto en esa dificultad. Esto ya es un clásico que forma parte de mi, me refiero a que siempre que abro un buen largo, digo que es el mejor. Bendíto problema.

Afronto un muro bañado de gotas de agua y unos agujeros perfectos que aparecen de repente y donde se meten buenos Totem a cañón. Diría que aquí estos friends son vitales. No lo digo por peloteo ni porque me patrocinen —que no es el caso—, sino como una recomendación más que importante. Si digo que un "Totem" es la leche es porque lo he metido donde otros no entran, o porque me ha parado una caída cuando quizás otro tipo de friend hubiese saltado. En caliza son "dioses".

Tras unos 30 metros escalados veo claro dónde montar reunión. Tan solo me quedan cuatro metros aparentemente fáciles —que resultaron ser en torno al V+— y ya saboreo la gloria de otro triunfo más. Hablo de triunfo por subir hasta allí sano y salvo, que teniendo en cuenta de que va este deporte, ya es mucho. De deporte no hablo de escalar, hablo de este deporte que aún no se como llamar.

Le digo a Pablo que intentaré meter un clavo para guiar el largo, puesto que, salvo la primera chapa, el largo estaba completamente limpio y es de esos largos de navegar, donde si te sales de la línea las cosas se pueden complicar en exposición y dificultad.

Veo una buena fisura y meto un clavo de color naranja, eso sí, duro. Ya en el coche le dije a Pablo que esos clavos en caliza no van bien. Sin embargo, era lo que teníamos, y como para quejarse, ya que no los regalan, aunque a veces la gente crea que sí.

Meto el clavo y suena bien. Lo lógico es que lo pruebe el segundo de cuerda con la seguridad de esta. Sin embargo, en una de mis tantas decisiones absurdas, decido probarlo yo para corregirlo en ese momento si hiciera falta, ya que íbamos con una sola maza, aunque tampoco costaría pasarle una a mi compañero en ese momento.

Me cuelgo, doy dos o tres suaves botes y, de repente, escucho un “clinnn” y me veo volar por los aires.

Me caigo unos 15 metros. Noto un tirón en seco y me golpeo el pie derecho contra un saliente. Mi pie derecho es el bueno, el que día a día sostiene mi cuerpo y suple la minusvalía no reconocida de mi pie izquierdo; ese pie que ni siente, pero duele; que ni se mueve, pero se levanta cada día a trabajar. Es mi gran comodín para escusarme cuando un paso no me sale.

Noto un dolor terrible, pero pienso que es fruto del golpe sin más. Remonto la cuerda hasta el último seguro e intento seguir escalando, pero no puedo. Veo más arriba que la fisura donde clavé era un bloque pegado, el cual saltó con el clavo. No me lo creo viendo el estado inicial. A veces las apariencias engañan,  ¿verdad?.

Vuelvo a intentar seguir, pero el dolor y la incapacidad ya son notables, así que le pido a Pablo que me baje.

Nos bajamos de la vía fijando cuerdas para volver; volver, claro, si es que podíamos volver, o quizás Pablo podría hacerlo con otra persona, a mi eso me daría igual, o bueno, realmente no.

La vuelta al coche fue horrible. Por momentos me recordaba a los tantos días de recuperación (accidente del 2012) mientras la gente me criticaba o decía que no asumía lo que me había pasado y que lo mejor era asimilar que ya no volvería a escalar. Desde luego que caprichosa es la vida. Cuantas oportunidades podemos perder si nos dejamos guiar por lo que la sociedad nos dice. Que influyentes podemos llegar a ser desde el lado pesimista de la vida. Es como si hubiera que pagar por animar, cuando lo que tendría que ser es pagar por criticar.

Tras una bajada horrorosa vamos al centro médico de Potes. Me miran el tobillo y me dicen que no es nada, que simplemente es un “recalcón”. Nada más salir me quito la venda que me pusieron y le digo a Pablo que mañana volvemos a acabar la vía. Que, salvo que me levante con mucho dolor, no habría problema en volver y rematar la faena. ¿Enfermedad? ¿Obsesión? ¿Ego? a saber, juzguen ustedes mismos que de momento es gratis..

Al día siguiente me levanto con mucho dolor, pero es algo que aprendí a gestionar. Me tomo unos calmantes, salgo cojeando de casa y me voy a la Hermida. El acceso a la pared fue doloroso y pude hacerlo gracias a mis bastones. Me recordó cuando aproximaba a ciertas paredes donde he abierto vías en solitario en muletas. ¡Si en muletas! Si alguien un día y entre muchas otras, se anima a escalar la vía "Primum" en el Desfiladero del Duje, me aproximé en muletas. Se de uno que la intentó y se bajó. Bajarse da igual, a todos algún dia nos ha tocado o tocará. Como dic mi buen amigo "El Biafra", el concepto es el concepto. Sin embargo, ese alguien siempre me ha mirado por encima de hombro, criticado y menospreciado las vías que abro entre otras cosas. Que cosas tiene la vida ¿no creéis?. Que gratos recuerdos junto a mi amigo Roberto Serena, creamos una soberbia vía desde las ganas y amistad que nos une.

Un día hablaré de mi amigo Roberto Serena. Roberto no es ningún pro o fanático de la escalada. Él simplemente disfruta escalando sus 6a´s por decir algo. No es la primera vez que alguien me pregunta el porqué abro ciertas vías con el, cuando quizás podría contar con un compañero mas "fuerte". A veces me pregunto el significado de "fuerte". Que pena que dentro del mundo de la escalada nos etiquetemos por el grado que hacemos. Roberto es y ha sido uno de los mejores compañeros de aperturas. Como infravaloramos la amistad de verdad, y sobrevaloramos esa amistad supérflua que vive del momento o el inetrés. Es significativo que las caídas mas grandes que he sufrido abriendo con un compañero, han sido con Roberto al otro lado de la cuerda, ahí lo dejo para quien lo quiera entender.

Jumareamos hasta donde lo habíamos dejado y ahora era turno de Pablo abrir el último largo, puesto que ya estábamos cerca de unirnos a la vía “El Pilar de la Hermida”, nuestro propósito. Los muros superiores no se veían muy atractivos. Para mi es fundamental dar prioridad a la calidad que a la cantidad. A veces por sumar metros, nosotros mismos desmerecemos la belleza de lo escalado. Por otro lado, destacar que la vía la acabamos en un lugar que desde la vía "El Pilar de la Hermida" no pasa, por aquello de no alterar dicha vía.

Pablo abre un soberbio largo. Muy bien abierto y con pocos seguros. Yo solo puedo asegurarlo, animarlo y sobre todo felicitarlo. Mi pie está hinchado y apenas puedo apoyarlo, más aún tras enfriarse mientras le aseguraba. Simplemente le aseguré, acabó el largo y yo lo recuperé subiendo por la cuerda como pude.

Tras acabar la vía decidimos dejar cuerdas para volver a limpiar. A veces me pregunto qué clase de imbécil hace eso, pero así soy. Siempre he creído que descender de un gran artesano, en este caso de la madera, te hace ver las cosas que haces como un artesano. Lo mas grande que hizo mi padre, aunque hizo muchas grandes cosas, fué un violín a la altura de los mejores luthieres. Mi artesania es mas modesta, imperfecta y basta.

A los dos días volvemos a limpiar y nos metemos una jornada de casi diez horas. No solo limpiamos, sino que también añadimos los clavos que hay. No es lo mismo dejar un clavo bien metido mientras escalas que hacerlo colgado de una cuerda, sin riesgo alguno y con las manos libres.

A mí de nuevo me costó llegar a la pared. Ya colgado era otra cosa, pero el tobillo cada día me dolía más. Ese día también equipamos la línea de rápeles para poder bajar de la vía rapelando. Todo un curro. Recuerdo que Mariano Caso, un "Greinman" de la zona, nos regaló unas chapas con argolla. Simplemente darle las gracias, siempre ha sido alguien que no deja de aportar a la escalada. Bueno, he de decir que al menos en el norte que es donde puedo hablar, el Greim siempre ha estado aportando y trabajando por la escalada. (vaya pelota que soy)

Como era de esperar, la vuelta al coche tras tantas horas colgados, muertos de sed y cansados, además de con un pesado petate, me hizo recordar los peores momentos de mi recuperación. Era tal mi estado, que por poco me tengo que quedar a dormir en casa de Pablo, ya que no podía ni pisar el acelerador o el freno del coche.

Reconozco que no hice bien y que llegué a casa al límite, sin ser consciente de mi estado real. Al día siguiente me levanto con un dolor terrible que me obliga a ir al hospital. Me hacen unas pruebas y me dicen que tengo rotos tendones y ligamentos del tobillo, seguido de una pregunta curiosa acerca de qué estaba haciendo. Lógicamente les mentí, o mas bien les oculté la realidad.

Fastidiar el pie bueno es una faena, y daba gusto verme caminar. Me costó lo suyo recuperar, pero creo que ha merecido la pena.

Siempre veo las aperturas como algo único e irrepetible. Y si encima abres una vía de semejante calidad, es como tener el cromo más solicitado del fútbol.

La vía Salvajes de leyenda es un rutón de lo mejor de la zona, cuyo nombre es un homenaje personal a la trayectoria de los “Cholos”. ¡Qué menos!

Comentarios