El lado Oscuro de Hibris
“El lado oscuro de Hibris” es el nombre de la última vía que he abierto en el Desfiladero del Duje. Una línea dura, obligada y espectacular, que junto a mis amigos Miguel y Olai he podido por fin dibujar tras mucho tiempo en mi cabeza. Probablemente no ha sido una línea más, ni tampoco una apertura como otra cualquiera. He de reconocer que, al menos a Miguel y a mí, nos ha movido una fuerza imparable ante la incredulidad de ciertos acontecimientos. Una fuerza que levanta toda desmotivación latente o lesión presente. Un poder que solo necesita demostrar una inocencia fruto de la más gratuita y cobarde duda; una duda que sobrevuela el mundo de la escalada, probablemente reflejo de su parte más oscura y, por qué no, real: prejuicios, egos y envidias aparte.
“Hybris” o “Hibris” es un concepto griego antiguo que significa, entre otras cosas, desmesura, soberbia, arrogancia o exceso. Si a estos nada honorables adjetivos les sumamos su lado más oscuro, tenemos el cóctel perfecto para dedicar una línea a ese orgullo que todos tenemos escondido en algún lugar del cuerpo. Yo lo tengo, aunque quizás es dar demasiado protagonismo a algo que es mejor olvidar. Bautizar una línea tan soberbia como esta en recuerdo de algo tan negativo y, en definitiva, ruin, es un crimen que hemos cometido en favor de la divulgación de la mediocridad. Quizás ellos mismos han ganado.
Este ha sido un año más de altibajos físicos y emocionales. Un año más de salir a escalar solo para quejarme y justificar quién era y quién soy, como si a alguien le importase, en lugar de simplemente disfrutar de lo que cada día “esta mierda”, con perdón, me deja hacer. Reconozco que debo de ser cansino. Hablando de justificarse, creo que todo esto merece una explicación, al menos en un espacio como este, donde me siento totalmente libre; libre no solo para expresar mis ideas, sino también para cuestionar las de otros —que no juzgar— sin indirectas ni insinuaciones, simplemente para ir de frente, como antaño se hacía, o como los caballeros divulgaban, aunque fuera de cara a la galería.
En los meses finales del año he vivido una montaña rusa de sensaciones inexplicables. Un día chapas la cadena de un 8a+ al segundo pegue, mientras que otro no eres capaz de subir decentemente un 7b, o en el peor de los casos, no puedes ni siquiera escalar ante el dolor en todas las articulaciones, hasta que un día, de nuevo, estás bien y empieza otra vez todo este caos sin sentido ni forma alguna, ya que ni siquiera sigue un patrón que te permita planificar dos días seguidos. Lo de ensayar o proyectar una vía, ya ni contar, aunque nunca fuí de esos.
Un día me siento joven, y otro un anciano al que le cuesta bajar las escaleras de su casa o levantar una pierna. Por parte de mi pie izquierdo lo entiendo; es lo mínimo que podría esperar, pero del resto del cuerpo aún no comprendo cómo ni por qué. Parece ciencia ficción, quizás lo sea. Sin embargo, tras mis últimos años de soledad (esta también parece juzgada), hoy estoy rodeado de personas que han despertado ciertas motivaciones en mí: una de ellas es no dejar la escalada, algo que siempre está en la cuerda floja o en forma de sombra que cada día me acompaña. La otra, descubrir un lugar que me fascinó para poder ir tanto solo como acompañado: los Tajos de las Alcandoras, en Jaén.
Tras una semana desconectado escalando en Talembote (Marruecos), llego al aeropuerto de Tánger y mi teléfono desgraciadamente se conecta al wifi. Una noticia reina entre varios WhatsApp de amigos: se ha liberado la vía “La Hoguera de las Necedades” en las Alcandoras.
Reconozco que sentí un poco de frustración y envidia, aunque en el fondo me alegro de que se haya realizado y, sobre todo, de que la dificultad se asemeje a lo que Miguel y yo pensábamos. La vía es tremenda y soñaría con abrir algo de esa calidad de autoprotección en roca caliza. Por un momento, y entre risas, le digo a mi compañero de viaje que, en vez de una semana en Talembote, tendríamos que haber ido con Olai a las Alcandoras a liberar esa vía. Hubiéramos ahorrado dinero y quién sabe si también entrar en la historia del lugar, como quien entra en un salón de la fama —ironía aparte, claro—. Sin embargo, todo esto da igual, ya que independientemente de lo que hagan los demás, este reto ha sido algo personal y precioso para mi salud y estado de ánimo del momento, pues volví a casa totalmente renovado de motivación tras nuestra escalada, mientras que a la ida deseaba parar.
En mi vida había oído hablar de esta vía en las Alcandoras. El motivo de ir fue que mis amigos Olai y Guille fueron a intentar liberarla. Las condiciones meteorológicas fueron pésimas; tras pasar por allí tengo claro que, con un buen día, lo habrían hecho. Si ellos no hubieran ido allí, probablemente no estaría escribiendo estas líneas, y quién sabe si a día de hoy esa vía seguiría sin liberar. Porbablemente no. La vida es así: como un dominó donde depende de quién empuje la primera ficha para que el resto caiga o no. Que nuestro ego sea capaz de exteriorizarlo, reconocerlo o comprenderlo es, como ha dicho uno de sus protagonistas, otra historia.
Muchos meses después, y teniendo en cuenta que es una vía muy poco repetida, donde la idea de hacerla en libre siempre ha sido una quimera —al considerarse que solo “un Adam Ondra sería capaz”, como algunos locales han llegado a afirmar—, surge de nuevo el tema entre nosotros. Olai tiene demasiada fe en mí, más aún sabiendo de primera mano mi situación física y anímica. Creo que su exceso de motivación a veces lo extrapola a los demás sin ser consciente de la realidad de unos y otros, o en este caso, de su realidad y la mía. Menudo futuro tiene por delante el muy cabrón; el mío va en dirección contraria.
Tengo idea de ir dos días a escalar a las Alcandoras con mi buen amigo Miguel, un tipo discreto, sencillo, fuerte, honrado y sin redes sociales: una especie en extinción que conviene cuidar. No tenemos ningún plan concreto y estamos abiertos a lo que nuestras capacidades nos permitan hacer. Hablamos de todo menos de escalar, y eso mola. Olai me propone probar la vía y darle un tiento al largo pendiente de liberar, no tanto para lograrlo como para comprobar si es humanamente escalable y volver a intentarlo. No entiendo su confianza en mí. Acepto la propuesta pensando que ellos tuvieron un día horroroso y que ese fue el motivo por el que no lo lograron; porque si no fuera así, y hubieran tenido el día perfecto que tuvimos nosotros, ¿a dónde iba a ir yo en mi estado actual?
Días después de publicar en mi blog una crónica de nuestra escalada —desde la más absoluta sinceridad, transparencia y sin adornos más allá de lo sucedido—, una cordada se anima a repetir la vía y a publicarla en la revista Desnivel, la cual hace un guiño a nuestra repetición tomando información de mi blog. Aún no entiendo muy bien el motivo de esa publicación, ya que ni es la apertura, ni la primera repetición ni la liberación. Su redactora me pidió permiso, como siempre hace desde el respeto, y le respondí que cogiese lo que necesitase; para eso está.
En ningún momento se me pasó por la cabeza, incluso en el caso de haber encadenado el largo ese día, publicarlo en ningún sitio que no fuese mi blog, sin que eso signifique algo malo o incorrecto, ni mucho menos. Ese día escalé en libre el largo, pero no tuve fuerza ni tiempo para darle un segundo pegue, o simplemente “el pegue”. Esto no me quitó el sueño, puesto que la idea era volver. Cuando uno hace algo para sí mismo, da igual lo que ocurra en el entorno de los demás. Lo que no da igual es lo que los demás se crean con derecho a juzgar o interpretar de forma gratuíta y con para mi, maldad.
Como si estuviese marcado por el destino, una vía apenas repetida se vuelve de repente apetecible para muchos, incluso para amigos cercanos de escaladores locales de la zona, que ya contaban con cierta información sobre lo inaccesible del largo por liberar; información que luego se contradice en el relato de uno de sus repetidores, animado por alguien que ha calificado la vía de una manera que finalmente la deja en 8a. Aunque en un primer momento no me di por aludido, algún colega me comentó si no veía extraño cierto comentario en redes sociales de uno de sus repetidores en libre. Siendo justos con los hechos y si no me equivoco, solo uno lo encadenó. “Al César lo que es del César”, ¿no?
Tras comentarios más personales de gente del “mundillo” que intentan abrirme los ojos ante mi incredulidad, parece que no solo ponen en duda nuestro paso por allí, sino que incluso cuestionan que lo hiciéramos en libre. Mi cabeza no es capaz de comprender cómo alguien que no te ha visto ni te conoce puede poner en duda algo que has hecho. Está claro que esto siempre existirá en todos los ámbitos de la vida. No hay juez alguno que determine lo que has hecho y lo que no; bueno, sí: personas que, defendiendo principios y ética por todos los poros de su piel, pueden sentirse superiores o creer que su palabra vale más que la de otros, hasta el punto de catalogarnos como vendehumos y mentirosos. ¿Arrogancia? ¿Ego?...
Como si de una escuela infantil se tratase, o de cuentos en un bar cualquiera atestado de borrachos, argumentan que no vieron magnesio ni cantos cepillados que, según ellos, eran claves para escalar el largo. Un caso más donde la “verdad absoluta” sentencia, su verdad, que no pasamos en libre por allí. Un razonamiento bastante gratuito y curioso que, por otro lado, podría ir también en su contra. Quizás no comprenden —o no creen— que tras casi encadenar el largo al primer intento, caer al patinarse un pie y acto seguido hacerlo sin descanso toda esa sección clave y del tirón el resto del largo, sin estar días dándole pegues, apenas dejes rastro de magnesio ni tengas tiempo ni medios para cepillar, puesto que somos tan incrédulos que ni siquiera llevábamos cepillo. Mientras escribo esto me siento ridículo dando estas explicaciones.
Pero lo realmente curioso es que, si yo mismo me baso en su mismo razonamiento, podría también poner en duda su paso por allí, algo que no haré para no ponerme a su altura y porque sinceramente me la “trae al pairo”, puesto que la sección dura que ellos describen no se corresponde con lo que nosotros encontramos. Si ellos han usado unos cantos de compresión claves sin cepillar ni manchados de magnesio, prueba irrefutable según ellos de que no pasamos por allí en libre, pero esa misma sección nosotros la hicimos cogiendo tres presas muy pequeñas y evidentes (la sección está descrita en mi blog) justo en la vertical de los seguros, ¿no podría pensar yo lo mismo de ellos? Seguramente no, porque quizá ni somos iguales ni tenemos los mismos criterios.
Más allá de medallas, publicaciones o de liberar el primer octavo de un lugar —cosas que para mí no tienen importancia, ya que la vida me ha puesto varias veces en mi sitio, además de que el primer octavo del lugar es una fisura llamada "Doctorado"—, me sorprende la facilidad con la que se puede menospreciar lo que otros han hecho sin más, y sin conocerlos. Una llamada para aclarar dudas habría sido lo más lógico, o al menos así se hacía antes. Luego se nos llenará la boca de ética y valores… ¡cómo no!
Como se suele decir —aunque a veces dudo de su sinceridad—, salud, buenas escaladas y gracias por darnos la fuerza suficiente como para abrir semejante línea. "El lado oscuro de Hibris" 200 metros 8a+/b.
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