Las 7 Valkirias
En mis inicios en la escalada era habitual verme subir con frecuencia la Canal del Texu. En el pueblo de Bulnes trabajaba mi pareja, Cecilia, madre de mi hijo Julen. Allí nació mi padre, también mi abuela. Hablo de años en los que aún no éramos mayores de edad y en muchas ocasiones accedía a Poncebos en bicicleta desde Benia de Onís, mi pueblo natal. Por entonces empezaba a escalar de forma autodidacta y, más allá del propio movimiento de la escalada, no tenía ninguna otra percepción de lo que significaba realmente este deporte.
Sin embargo, en mi camino hacia Bulnes siempre me detenía en el mismo lugar para meter los pies en el río, descansar y coger aire antes de hacer el resto del camino corriendo. Era un punto donde el sendero se ponía a la altura del río, la soledad era absoluta y, si alzabas la cabeza, podías ver un pilar de roca que, independientemente de si eras escalador o no, te dejaba durante minutos contemplando sus colores, su verticalidad y sus dimensiones. Era como un punto de fuga al que inevitablemente acababas mirando mientras observabas un paisaje salvaje, casi imposible de comprender. En aquel entonces por mi cabeza pasaban pensamientos de todo tipo, menos, el de pensar que alguien como yo pudiese subir por semejante pared, o si quiera, a su base.
Han tenido que pasar casi treinta años para que un día decidiera cruzar hacia el otro lado. Un lado pisado únicamente por cabras y algún viejo pastor que antaño subía en busca de algún animal descarriado. Ahora, los turistas que frecuentan este camino me miran a mí de esa misma forma; no tanto como a un animal, pero sí como a una persona descarriada que porta un petate gigante y se dirige hacia un lugar que parece no tener sentido. Además del petate voy con ora carga aún más pesada, la cual parece ser la que siempre me empuja a lo mismo, y no tengo manera de soltarla, salvo, cuando estoy en soledad colgado de una pared
Para mí simplemente era un día más de búsqueda personal y soledad. Un día más tratando de comprender qué le ocurre a mi cuerpo. Aunque, por entonces, ya intuía que lo que realmente me mantenía en pie era el movimiento. Siempre que voy a tocar la roca de una nueva idea que ronda mi cabeza cargo una mochila con un poco de todo. Nunca se sabe qué puede pasar. No me gusta dar viajes en balde, como suele decirse, y dejar allí quince o veinte kilos de material sería un triunfo si finalmente encontraba algo atractivo que me hiciera volver. Ese día lo encontré, aunque no pude dejar el petate al pie de aquella nueva idea. El terreno era tan inclinado que necesitaba colocar alguna expansión para no bajar rodando seiscientos metros hacia el río Texu. O, al menos, para que no bajara rodando el petate que quería abandonar allí.
Y hablando de bajar rodando, el acceso es bestial. Yo estoy relativamente familiarizado con este tipo de terreno, pero mi primer compañero, Gonzalo, no tanto. El camino en sí es bastante sencillo salvo en la parte final. Recuerdo estar ya en la tesitura de necesitar agarrar la hierba con las dos manos para poder progresar. Para entender la situación, podríamos imaginar una placa tumbada de pies lisos recubierta de hierba. Lógicamente íbamos sin cuerda y una mirada hacia atrás resultaba tan mortal como perder el equilibrio y caer. Agarrar la hierba no es un acto cualquiera; tiene su técnica y su conocimiento. En una parada absurda para coger algo de aire miré a Gonzalo y le di probablemente el mejor consejo de toda esta aventura:
—Suelta las correas de la mochila. Si te caes, despréndete de ella. Será la única oportunidad que tengas de no bajar hasta el río Texu como por un tobogán, golpeándote contra todos los salientes de roca. Si alguien tiene que caer, que sea la mochila. Ya compraremos más material. Este sería el día donde Gonzalo conocería en primera persona el verdadero significado de la palabra “sedo”.
Días antes de subir con Gonzalo había regresado solo para instalar una reunión en la base de la pared. De esta forma, nada más llegar podríamos asegurarnos y estar protegidos. Así, pararíamos un poco antes para ponernos el arnés, porque hacerlo en la base habría sido un juego de equilibrios extremadamente peligroso. Por fin estábamos listos para comenzar una nueva aventura.
Este primer día de apertura estuvo marcado por el destino. Eso que no sabría definir exactamente, pero en lo único en lo que tengo fe. De momento conmigo se ha portado bien, o al menos no tan mal como con otras personas. Recuerdo estar en mitad del segundo largo, un largo que comienza con una travesía muy aérea y vertical en la que hay que echarle mucho valor para alcanzar el primer seguro. Ahí Gonzalo empezó a comprender de qué iba realmente todo aquello. O quizá de lo que yo estaba buscando en ese momento, algo que afortunadamente he dejado de buscar, o al menos de esa manera.
Agarrado a dos presas pequeñas intentaba descifrar por dónde continuar. El último seguro no estaba especialmente lejos, pero tampoco cerca, y además era un friend que no tenía pinta de ser precisamente fiable en caso de caída. De repente escuché algo parecido a un disparo, aunque mucho más potente. Miré hacia arriba y vi cómo media montaña se desplomaba. Varios bloques del tamaño de una furgoneta caían directamente hacia nosotros.
Gonzalo estaba protegido por un gran techo que cubría la primera reunión. Yo, sin embargo, estaba completamente expuesto y desamparado, en un lugar donde la verticalidad jugaba inevitablemente en mi contra. Simplemente me agarré aún más fuerte a los cantos, cerré los ojos y me despedí. No sabría definir exactamente lo que sentí, más allá del miedo. La prueba quedó grabada en mi chaqueta, marcada por pequeñas esquirlas que me golpearon mientras los grandes bloques pasaban lo suficientemente alejados para no matarme gracias a la propia verticalidad de la pared. Abajo, en la base, quedaron enormes cráteres, como los que dejan las bombas. Temblaba como un flan y todavía no podía creer lo que acababa de ocurrir. O, mejor dicho, no podía creer que siguiera vivo.
Todo esto puede parecer una exageración. Sin embargo, los habitantes de Camarmeña y la gente del bar La Fuentina son testigos de ello. Sabían que estábamos allí. Escucharon el estruendo y vieron el desastre natural. Lógicamente pensaron que nos había alcanzado de la misma manera que destrozó la campa situada al pie de la pared. Sin embargo, recuperaron la calma cuando volvieron a ver un pequeño punto azul moviéndose hacia arriba, ese era yo.
En este primer ataque abrimos tres largos soberbios y con mucho carácter. Quizá, después de lo sucedido, lo lógico habría sido bajarse y no volver nunca más. Pero también es cierto que, objetivamente, ahora había menos probabilidades de que algo así volviera a ocurrir. Dejamos la vía en un punto donde lo que restaba seguía pareciendo escalable. Y digo “pareciendo” porque, por momentos, la línea parecía perderse en un mar de desplomes sin canto alguno. De momento abrimos tres soberbios largos, donde Gonzalo pudo ver in situ de que va esto. Quien quiera verlo ya sabe, que un día se venga en nuestras mochilas. Suposiciones a parte, el movimiento se demuestra andando, aunque en ocasiones tus pasos estén marcados, o perdón, definidos, por la soberbia ajena.
En el segundo ataque, el definitivo, regresé con Ibra. Aquel día fue espectacular. Ibra abrió un largo soberbio, al nivel de un profesional. Cada uno abrimos dos largos: Ibra el cuarto y el sexto; yo el quinto y el séptimo.
El quinto fue bestial. El largo clave. El más duro de toda la zona, sin duda. Comienza con una fisura que tuve que escalar prácticamente “a pelo” por no llevar un C4. Quién iba a imaginar que en semejante muro desplomado harían falta esas tallas. Hay que llevar al menos uno; incluso repetirlo no estará de más.
Después comenzó la verdadera fiesta. Una fiesta fanática que mucha gente seguramente ni siquiera imaginaría. Aquí es donde cobra sentido este relato, o quizá esta chapa. Quien quiera saber de qué va realmente todo esto, que siga leyendo. Quien no, mejor que cierre esta ventana y busque otros temas. A veces pienso que podría poner fácilmente un simil de esto, pero a la hora de la verdad no sé me ocurre nada. Lo más parecido podría ser, imaginar cualquier largo deportivo de alta dificultad, abierto desde abajo con alejes, y para ser más exactos, sin a penas colgarse para perforar los seguros. A todo esto hay que sumarle que la pared podría estar sucia, sin cepillar, con agarres ocultos sin clecar, y así, buscate la vida
Tras una primera parte completamente limpia —tan limpia que no pude colocar nada en veinte metros por no llevar el C4— instalé una chapa que marcaba la entrada a un hermoso infierno ligeramente desplomado, de canto pequeño; muy pequeño. Toda la segunda mitad del largo comparte una misma dinámica: salir del seguro, escalar mínimo cinco o seis metros al límite, localizar un canto desde el que poder taladrar, tirarse, descansar, volver a intentarlo y, desde ese mismo canto, perforar hasta que las fuerzas se agotaran y obligaran a volver a tirarse. Después, repetir el proceso una y otra vez hasta terminar el agujero. Alguna chapa se instaló en cuatro intentos. El miedo a caer quedando colgado por la mochila del taladro estuvo presente en cada expansion. No me dio la cabeza para meter una cinta y colgarme de la broca. Simplemente surgió así. Quien repita la vía se acuerde de esto, y así cuestionará con conocimiento de causa como se colocaron las chapas. Alguna estará alta y otra baja. Así es la vida.
No sabría precisar la dificultad obligada entre seguros, pero seguramente rondaba el octavo grado. En la parte final solo se resistió una chapa que tuve que colocar casi en A0. Ahí está el crux, como se dice ahora. El largo rondará el 8c. Como mínimo. O quizá no. Se abrió totalmente en libre, como siempre y sin estribos. A veces uso estribos para estabilizar las uñas, no para progresar más allá de donde llegue en libre. Esto es así, aunque haya quien quiera verlo desde otra perspectiva, así es la diversidad humana o del ego. Hace años diría que así hay que abrir. Ahora no tengo tan claro esto de la ética, es decir, si hay una sola forma o verdad. A mí me gusta hacerlo así. Me gusta y me reconforta. Quien soy yo para obligar. Bueno, realmente la cuestión es, quien es quien para ello.
Después llegó el largo donde Ibra se salió. Qué largo, Dios mío. Y luego me tocó abrir el último: no tan duro como los anteriores, pero igualmente picante, tirando a muy picante.
Tras completar la vía y, en defensa de nuestra enfermedad, dedicamos una jornada entera a limpiar y lanzar algunos bloques hacia el lejano río Texu. Un espectáculo puro que, por otro lado, disfrutaron los senderistas que aquel día subían a Bulnes. El estruendo de los bloques explotando contra la base y el eco profundo del barranco seguramente puso nervioso a más de uno, que incluso llegó a gritarnos. Nosotros, sin embargo, estábamos en nuestra salsa. Dos enfermos de la perfección. La nuestra. Y con eso no quiero decir que sea perfecta. Ni siquiera que sea la correcta.
Las 7 Valkirias rinde homenaje a siete pastoras de Bulnes. Qué feliz me hace poder dejar en ese pilar un recuerdo así. Un recuerdo ajeno a la propia escalada, ya que entre ellas está mi abuela paterna, Leoncia Martínez, de las grandes hermanas Martínez y familia.
Ojalá alguien se anime algún día a probarla, aunque me temo que la firma de los aperturistas no resulta especialmente atractiva para un cv vitae o una publicación. Simplemente no vende. Aquí no hay caché.
Antes eso me robaba el sueño. Ahora ya no.
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